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lunes, 16 de febrero de 2015

Dicen♥

Dicen que un día, hace no mucho tiempo, en algún lugar, un joven no podía dormir, no lograba despejar su mente. Sólo pensaba en todo lo que podría pasar si... Si él fuera más decidido, más seguro, si tuviera la suficiente confianza en sí mismo para poder decir todo lo que quiere y nunca ha dicho. Si lograra sacar fuerzas para hacer todo lo que quiere hacer. Oye un ruido fuera, es el viento, se olvida durante muy poco tiempo de sus inseguridades, pero pronto, demasiado pronto, vuelven todas, y con mucha fuerza.
Son ya casi diecisiete años callando, asintiendo a todo, resignándose, reprimiéndose y engañándose, diciéndose a sí mismo que no le afectaba el no poder estar con ella, el no tener a penas amigos, el acompañarse sólo con los libros, el pasar desapercibido allá por donde va... Le afecta, y mucho. Y así, pensando, a las cinco de la mañana acaba por dormirse.

Abre los ojos con dolor, le pesan los párpados, su habitación esta oscura, pero unos débiles rayos de luz entran tímidos, abriéndose paso a través de las persianas metálicas. Son las nueve y cuarto, el ambiente que hay es envolvente, precioso. Piensa. Si tuviera novia, la despertaría con mil besos, la abrazaría, le diría cosas bonitas para poder ver su sonrisa en tan hermoso escenario. Pero vuelve a la realidad, está sólo, y si sigue como hasta ahora va a ser así durante mucho tiempo. Se levanta y se pone una camiseta negra, posteriormente se mete en sus vaqueros, negros también. Va al baño y se lava la cara, mira al espejo y se observa, tiene unas ojeras tan oscuras como su ropa, su pelo está alborotado y su mirada es cansada. A penas se reconoce. Pero ha de admitir que es muy guapo, es de estos chicos que les gustan a todas, y desde que va al gimnasio está mucho mejor. Sonríe. Pero de nada le sirve si se sigue sintiendo de esa manera... que sí, su autoestima camina con él, pero va por debajo de sus zapatos. Vuelve a tener una expresión vacía. Se dirige a la cocina y añade a un bol con cereales algo de leche fría, desayuna sin entusiasmo, sin expresión alguna en su cansado rostro. Y así transcurre su mañana, hastiada, desanimada.

Cuando sale a la calle y mira hacia arriba se siente pequeño, bajo edificios tan exorbitantes, prominentes e impresionantes nacen en el suelo y acaban en el cielo, rozando las nubes. Mira hacia los lados y se siente invisible. Las personas deambulan de un lugar a otro, caminan rápido, diligentes. Algunas ágiles, como quien se sabe la salida de un laberinto de memoria y no han de hacer mucho esfuerzo para pasar fácilmente entre la multitud. Otro se abren paso entre ella torpemente, tropezando y haciendo que otros individuos tropiecen también. Hay tantísima gente, que nadie se fija en nadie, nadie se para a mirar.
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Él tiene las cosas claras, hoy sí, por primera vez en su vida sabe perfectamente lo que quiere y va a hacer, y está totalmente decidido. Avanza por la acera y llega al portal de un edificio altísimo, un amigo suyo, el único amigo que tiene, vive en dicho edificio. Llama al portero automático, su amigo le abre, vive en el cuarto piso. Marcos sube. Segundo piso. Tercero. Cuarto. Quinto. Sexto. Su corazón late más deprisa y su respiración se acelera, pero no es por la subida en escaleras. Llega al décimo piso y se para. Está asustado pero decidido, su corazón ahora está a tope, al igual que su respiración. Mira las escaleras y corre hacia ellas, las sube a toda prisa, con miedo, con la cabeza alta, con precaución, con determinación. Decimoquinto piso. Sigue corriendo y se tropieza en un escalón, pero él sigue. Decimoctavo. Sonríe. Y llega. Se encuentra con una puerta que tiene la mitad de su extensión cubierta por cristal y la otra mitad por aluminio blanco. La abre y sale. Ya está en la azotea. Respira muy hondo mientras sonríe. Su respiración y su pulso vuelven a tener un ritmo normal. Le brillan los ojos. Está feliz, radiante. Se aproxima al borde del edificio, sube un pequeño escalón y cierra los ojos mientras sonríe. Los abre y mira hacia abajo, a pesar de la altura, del bullicio, del ruido del tráfico, de las personas que caminan sin pararse a mirar; él ya no tiene miedo. A pesar de que ha girado la cabeza al oír un ruido y ha visto a su amigo, justo detrás de él, con el miedo y la preocupación en los ojos, a pesar de aquello, él continua sonriendo. Vuelve a dirigir su mirada hacia abajo, después al frente, y mientras dibuja una sonrisa en su rostro, a la vez que una lágrima resbala por su mejilla, él, simplemente, se deja caer y fluye, de una manera u otra, él mismo se redimió. Parándose a mirar, se dio cuenta de que no tenía alternativa. Parándose a mirar, quizás sólo quiso mirar la solución más fácil.

S.

Mey♥ [Parte dos: Ethan sin Mey]

Me despierto a las nueve de la mañana y tú estás a mi lado, enrollada entre las sábanas blancas de mi cama, aferrada a uno de mis brazos, de lado, con la espalda pegada a la fría pared y tu carita, con los ojos cerrados aún, mirando hacia mí.
Me quedo un buen rato mirándote mientras juego con tu largo y rizado pelo castaño oscuro, y de repente me doy cuenta de la sonrisa de tonto que tengo, lo que me hace sonreír más aún. 
Tú entreabres los ojos haciendo ruiditos tremendamente adorables que me recuerdan a mi gata cuando ronronea.
-Ven, anda, que te vas a resfriar- Te agarro y te pego a mí, separándote de la pared mientras beso tu cabeza abrazándote cálidamente.
-N-no puedo respirar...- Intentas huir de mí pero aún estás media dormida, y yo comienzo a reírme.
Me llamas loco y, posteriormente, te encoges entre mis brazos quedándote dormida nuevamente, eres tan dulce...
Te soplo en la nariz y te despiertas dando un saltito, me riñes por haber hecho eso y por reírme mientras me regañas, hasta que comienzas a hacerlo tú también.
Acaricio tu mejilla y te beso con dulzura en los labios, te miro y tú estás mirando hacia abajo mientras mueves los pies con algo de nerviosismo, algo que te identifica. 
Sonrío.
-Ethan...- susurras- yo te quiero mucho...- Terminas la frase hundiendo tu cara en mi pecho, buscando que yo te abrace.
Y lo hago, te abrazo con todo mi cariño, acariciando tu pelo y rodeando tu cintura, como si tuviera miedo de perderte, y realmente lo tengo.
Y no digo nada, sólo cierro los ojos mientras me pierdo en tu pelo que huele a lavanda, me relajo, feliz. Te amo.
Pero entonces noto que empiezas a temblar de manera prácticamente imperceptible, me separo un poco de ti y te veo bañada en lágrimas, y en ese momento me hundo.
-Oye, ¿qué pasa?- Sujeto tu cara entre mis manos intentando enjugarte las lágrimas.
-¿Tú no me quieres?- Dices de forma casi inaudible, pero yo lo escucho, y me duele.
-Mey... Claro que te quiero... Te quiero mucho- pongo uno de los mechones de tu pelo tras tu oreja- Eres preciosa, ¿sabes?- Sonrío.
-¿De verdad?- Sonríes un poco.
-Te amo.
-¿Seguro?
-Mucho.
-¿Cuánto de mucho?
-Muchísimo.
-Pero... ¿cuánto de muchísimo?
-Casi tanto como lo poco que confías en mí, de verdad... ¡Te amo!
-No dejes de hacerlo, entonces...- Te tumbas sobre mí y me besas con más amor del que yo he sentido en toda mi vida.
Seguidamente permaneces recostada así y te quedas dormida, luego yo también caigo en brazos de Morfeo.
Me despierto, sobresaltado, e intento abrazarte, pero ya no estás sobre mí, me giro para separarte de nuevo de la pared, pero no estás. Miro mejor, y la habitación está casi completamente sumida en la oscuridad. Volteo hacia donde deberían estar tus libros y tu mochila, y no hay más que vacío.
Me pongo nervioso y las lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas, sin control alguno, y entonces lo recuerdo. Recuerdo que te fuiste, que me dejaste, que no pudiste aguantarme más. Recuerdo las cosas feas que te decía y hacía. Recuerdo las peleas, mi despropósito, tus lágrimas y tu dolor. 
Y es que hiciste bien en irte, pero yo ahora no sé vivir sin ti.
Y no sé qué voy a hacer.
S.

domingo, 1 de febrero de 2015

Necesito♥

Necesito buscar y que me busques.
Necesito querer y que me quieras.
Necesito comprender y que me entiendas.
Quiero sentir, echar de menos.
Quiero llorar por ti, y luego reír contigo.
Quiero enfadarme y besarte.
Quiero que me sientas, que me eches de menos.
Quiero que llores por mí y luego rías conmigo.
Quiero que te enfades y me beses.
Necesito que esperes.
Y que te vayas, volviendo aquí.
Que desde esta línea lo subrayemos todo, y que a partir de ahora suspiremos al unísono.
Necesito que esperes.
Que no dejes de hacerlo nunca, y que siempre esperes algo más de mí.
Que me ayudes a superarme mientras te superas a ti.
Y que lloremos de alegría y riamos de tristeza juntos, porque es mejor.
Necesito que te olvides de mi caligrafía y solo sientas lo que digo.
Quiero de descifres mis lunares y que te quedes a dormir en ellos.
Y que no sea algo tuyo ni algo mío, que sea nuestro.
Que miremos hacia la misma dirección, nos tomemos de las manos y comencemos a caminar.
Necesito que paremos sólo al final.
Hasta entonces, te prometo que tú serás mío y yo seré tuya, hasta que todo esto termine.

S.