Dicen que un día, hace no mucho tiempo, en algún lugar, un joven no podía dormir, no lograba despejar su mente. Sólo pensaba en todo lo que podría pasar si... Si él fuera más decidido, más seguro, si tuviera la suficiente confianza en sí mismo para poder decir todo lo que quiere y nunca ha dicho. Si lograra sacar fuerzas para hacer todo lo que quiere hacer. Oye un ruido fuera, es el viento, se olvida durante muy poco tiempo de sus inseguridades, pero pronto, demasiado pronto, vuelven todas, y con mucha fuerza.
Son ya casi diecisiete años callando, asintiendo a todo, resignándose, reprimiéndose y engañándose, diciéndose a sí mismo que no le afectaba el no poder estar con ella, el no tener a penas amigos, el acompañarse sólo con los libros, el pasar desapercibido allá por donde va... Le afecta, y mucho. Y así, pensando, a las cinco de la mañana acaba por dormirse.
Abre los ojos con dolor, le pesan los párpados, su habitación esta oscura, pero unos débiles rayos de luz entran tímidos, abriéndose paso a través de las persianas metálicas. Son las nueve y cuarto, el ambiente que hay es envolvente, precioso. Piensa. Si tuviera novia, la despertaría con mil besos, la abrazaría, le diría cosas bonitas para poder ver su sonrisa en tan hermoso escenario. Pero vuelve a la realidad, está sólo, y si sigue como hasta ahora va a ser así durante mucho tiempo. Se levanta y se pone una camiseta negra, posteriormente se mete en sus vaqueros, negros también. Va al baño y se lava la cara, mira al espejo y se observa, tiene unas ojeras tan oscuras como su ropa, su pelo está alborotado y su mirada es cansada. A penas se reconoce. Pero ha de admitir que es muy guapo, es de estos chicos que les gustan a todas, y desde que va al gimnasio está mucho mejor. Sonríe. Pero de nada le sirve si se sigue sintiendo de esa manera... que sí, su autoestima camina con él, pero va por debajo de sus zapatos. Vuelve a tener una expresión vacía. Se dirige a la cocina y añade a un bol con cereales algo de leche fría, desayuna sin entusiasmo, sin expresión alguna en su cansado rostro. Y así transcurre su mañana, hastiada, desanimada.
Cuando sale a la calle y mira hacia arriba se siente pequeño, bajo edificios tan exorbitantes, prominentes e impresionantes nacen en el suelo y acaban en el cielo, rozando las nubes. Mira hacia los lados y se siente invisible. Las personas deambulan de un lugar a otro, caminan rápido, diligentes. Algunas ágiles, como quien se sabe la salida de un laberinto de memoria y no han de hacer mucho esfuerzo para pasar fácilmente entre la multitud. Otro se abren paso entre ella torpemente, tropezando y haciendo que otros individuos tropiecen también. Hay tantísima gente, que nadie se fija en nadie, nadie se para a mirar.
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Él tiene las cosas claras, hoy sí, por primera vez en su vida sabe perfectamente lo que quiere y va a hacer, y está totalmente decidido. Avanza por la acera y llega al portal de un edificio altísimo, un amigo suyo, el único amigo que tiene, vive en dicho edificio. Llama al portero automático, su amigo le abre, vive en el cuarto piso. Marcos sube. Segundo piso. Tercero. Cuarto. Quinto. Sexto. Su corazón late más deprisa y su respiración se acelera, pero no es por la subida en escaleras. Llega al décimo piso y se para. Está asustado pero decidido, su corazón ahora está a tope, al igual que su respiración. Mira las escaleras y corre hacia ellas, las sube a toda prisa, con miedo, con la cabeza alta, con precaución, con determinación. Decimoquinto piso. Sigue corriendo y se tropieza en un escalón, pero él sigue. Decimoctavo. Sonríe. Y llega. Se encuentra con una puerta que tiene la mitad de su extensión cubierta por cristal y la otra mitad por aluminio blanco. La abre y sale. Ya está en la azotea. Respira muy hondo mientras sonríe. Su respiración y su pulso vuelven a tener un ritmo normal. Le brillan los ojos. Está feliz, radiante. Se aproxima al borde del edificio, sube un pequeño escalón y cierra los ojos mientras sonríe. Los abre y mira hacia abajo, a pesar de la altura, del bullicio, del ruido del tráfico, de las personas que caminan sin pararse a mirar; él ya no tiene miedo. A pesar de que ha girado la cabeza al oír un ruido y ha visto a su amigo, justo detrás de él, con el miedo y la preocupación en los ojos, a pesar de aquello, él continua sonriendo. Vuelve a dirigir su mirada hacia abajo, después al frente, y mientras dibuja una sonrisa en su rostro, a la vez que una lágrima resbala por su mejilla, él, simplemente, se deja caer y fluye, de una manera u otra, él mismo se redimió. Parándose a mirar, se dio cuenta de que no tenía alternativa. Parándose a mirar, quizás sólo quiso mirar la solución más fácil.
S.


