Me despierto a las nueve de la mañana y tú estás a mi lado, enrollada entre las sábanas blancas de mi cama, aferrada a uno de mis brazos, de lado, con la espalda pegada a la fría pared y tu carita, con los ojos cerrados aún, mirando hacia mí.
Me quedo un buen rato mirándote mientras juego con tu largo y rizado pelo castaño oscuro, y de repente me doy cuenta de la sonrisa de tonto que tengo, lo que me hace sonreír más aún.
Tú entreabres los ojos haciendo ruiditos tremendamente adorables que me recuerdan a mi gata cuando ronronea.
-Ven, anda, que te vas a resfriar- Te agarro y te pego a mí, separándote de la pared mientras beso tu cabeza abrazándote cálidamente.
-N-no puedo respirar...- Intentas huir de mí pero aún estás media dormida, y yo comienzo a reírme.
Me llamas loco y, posteriormente, te encoges entre mis brazos quedándote dormida nuevamente, eres tan dulce...
Te soplo en la nariz y te despiertas dando un saltito, me riñes por haber hecho eso y por reírme mientras me regañas, hasta que comienzas a hacerlo tú también.
Acaricio tu mejilla y te beso con dulzura en los labios, te miro y tú estás mirando hacia abajo mientras mueves los pies con algo de nerviosismo, algo que te identifica.
Sonrío.
-Ethan...- susurras- yo te quiero mucho...- Terminas la frase hundiendo tu cara en mi pecho, buscando que yo te abrace.
Y lo hago, te abrazo con todo mi cariño, acariciando tu pelo y rodeando tu cintura, como si tuviera miedo de perderte, y realmente lo tengo.
Y no digo nada, sólo cierro los ojos mientras me pierdo en tu pelo que huele a lavanda, me relajo, feliz. Te amo.
Pero entonces noto que empiezas a temblar de manera prácticamente imperceptible, me separo un poco de ti y te veo bañada en lágrimas, y en ese momento me hundo.
-Oye, ¿qué pasa?- Sujeto tu cara entre mis manos intentando enjugarte las lágrimas.
-¿Tú no me quieres?- Dices de forma casi inaudible, pero yo lo escucho, y me duele.
-Mey... Claro que te quiero... Te quiero mucho- pongo uno de los mechones de tu pelo tras tu oreja- Eres preciosa, ¿sabes?- Sonrío.
-¿De verdad?- Sonríes un poco.
-Te amo.
-¿Seguro?
-Mucho.
-¿Cuánto de mucho?
-Muchísimo.
-Pero... ¿cuánto de muchísimo?
-Casi tanto como lo poco que confías en mí, de verdad... ¡Te amo!
-No dejes de hacerlo, entonces...- Te tumbas sobre mí y me besas con más amor del que yo he sentido en toda mi vida.
Seguidamente permaneces recostada así y te quedas dormida, luego yo también caigo en brazos de Morfeo.
Me despierto, sobresaltado, e intento abrazarte, pero ya no estás sobre mí, me giro para separarte de nuevo de la pared, pero no estás. Miro mejor, y la habitación está casi completamente sumida en la oscuridad. Volteo hacia donde deberían estar tus libros y tu mochila, y no hay más que vacío.
Me pongo nervioso y las lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas, sin control alguno, y entonces lo recuerdo. Recuerdo que te fuiste, que me dejaste, que no pudiste aguantarme más. Recuerdo las cosas feas que te decía y hacía. Recuerdo las peleas, mi despropósito, tus lágrimas y tu dolor.
Y es que hiciste bien en irte, pero yo ahora no sé vivir sin ti.
Y no sé qué voy a hacer.
S.



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